Si has estudiado el tema de la sexualidad juvenil tanto como yo, seguramente habrás notado que la pubertad solía llegar tarde en generaciones pasadas, pero ahora llega bastante rápido. Hay algunas teorías sobre por qué sucede esto y, por supuesto, tengo que discutir cómo la pubertad afecta la relación entre la sexualidad juvenil y la ley. De otra manera, este no sería el blog mio.
La represión de la sexualidad juvenil es un problema que tiende a incrementarse debido a la aceleración de la llegada de la pubertad, en la que la sexualidad juvenil se acerca cada vez más a la sexualidad adulta, cuando el sujeto comprende que el placer que siente puede ser compartido para ser amplificado. Tenderá a buscar experiencias más íntimas, diferentes a la superficialidad infantil. Y la pubertad, como observan los adultos, llega cada vez más temprano (Renold, 2005, página 51). De hecho, la pubertad ya comienza antes de la adolescencia, lo que pone en duda el argumento de que la inmadurez física del joven hace que la expresión sexual sea innecesaria o incluso dañina, porque dicha madurez (en este caso, reproductiva) llega a veces antes de los diez años. Por lo tanto, ya no se puede utilizar el argumento de la madurez física (pero habrá un texto sobre la cuestión de la madurez cerebral).
Se dice que la adolescencia es una época de “hormonas hirviendo”, en la que nuestro deseo se intensifica. Pero la adolescencia es una construcción social que vincula la niñez con la edad adulta como etapas cronológicas. Es solo el período entre los 12 y los 17 años. Tiene más sentido atribuir este “ebullición” a la pubertad, no a la adolescencia, ya que la pubertad es, de hecho, hormonal. Tenemos que prepararnos para un futuro en el que esta “ebullición de hormonas” comenzará aún más temprano. Según Campbell y sus colegas, el primer signo de pubertad ocurre en los niños a partir de los once años, y la producción de esperma comienza, en promedio, a los trece años, la edad en la que comúnmente ocurre el primer orgasmo masculino (Campbell et al., 2013, página 147; Fontenberry, 2013, página 186). Pero, en mi experiencia particular, los signos de la pubertad comenzaron a los nueve años. En las niñas, el primer signo de pubertad ocurre en promedio a los diez años, pero puede ocurrir a cualquier edad entre los ocho y los doce años, y la menarca ocurre a los doce años. Por tanto, la pubertad comienza antes de la edad de consentimiento. También hay que considerar la posibilidad de casos extremos, como el de India, donde hay niñas que menstrúan a los seis años.
Dado que la pubertad es una época en la que el deseo se intensifica, no es de extrañar que el esfuerzo por abstenerse de la gratificación sea a veces demasiado grande para mantenerlo en todo momento. A esto se suma el hecho de que la prohibición da a conocer el delito: si el niño o adolescente aprende que tal impulso no puede ser satisfecho, luchará contra el deseo, pero combatirlo requiere que se lo tenga presente en sus pensamientos. Terminas pensando en el sexo más de lo que lo harías si no supieras que ese tipo de indulgencia está prohibida, lo que tiene impacto en el autocontrol. Las sociedades sexualmente muy restrictivas a veces tienen mayor frecuencia de delitos sexuales: hay más sexo en estos lugares, aunque no siempre es sexo saludable. Una sociedad que tiene muchas prohibiciones sexuales es una sociedade que piensa mucho en sexo.
¿Qué está causando que la pubertad ocurra cada vez más temprano? Como la pubertad es un proceso hormonal, la respuesta puede estar en factores que alteran el funcionamiento del sistema endocrino. Desafortunadamente, la mayoría de los estudios sobre este tema se llevan a cabo con niñas, por lo que las teorías que explican la aparición cada vez más temprana de la pubertad pueden no ser válidas para los niños. Una de estas teorías se refiere al peso: la pubertad comienza cuando las reservas de energía del cuerpo están en un nivel aceptable para comenzar el proceso o los primeros signos se ven obligados a aparecer debido a la secreción de estrógeno por las células grasas. Ahora, el aumento excesivo de peso entre los jóvenes se ve facilitado por el consumo excesivo de azúcar (especialmente el azúcar de los refrescos), la falta de ejercicio, el consumo de porciones más grandes de alimentos y un menor consumo de frutas y verduras. Por tanto, el rápido aumento de peso en determinadas etapas de la infancia acelera la aparición de la pubertad. De hecho, nunca ha habido un acceso tan fácil a alimentos grasos o azucarados como ahora. Esto se suma a la tendencia natural de algunos grupos étnicos a madurar más rápido, como los sudamericanos.
Otra teoría que intenta explicar la aparición temprana de la pubertad se refiere a sustancias, de origen natural o sintético, existentes en el agua, los alimentos o incluso el aire. En otras palabras, ciertos tipos de contaminación. Estas sustancias alteran el funcionamiento normal del sistema endocrino cuando se consumen.
Finalmente, otra teoría se refiere al estrés personal que experimenta el niño. Cosas como un padre ausente, una madre emocionalmente distante y todos los conflictos familiares que pueden surgir por ello provocan estrés y este estrés también altera el funcionamiento endocrino. Más información acerca de las teorías sobre los desencadenantes de la pubertad se puede leer en Campbell et al., 2013 (ver las referencias al final de este texto).
Por eso es necesario actualizar la ley. Nuestras leyes están reñidas con la naturaleza, que tiene prisa. Esto hará que los niños sean más vulnerables a ser castigados por deseos naturales, que se satisfacen de mutuo acuerdo con personas que les agradan, fenómeno facilitado por la desinhibición juvenil. Sumemos a los cuerpos apresurados una mente apresurada, poseedora de conocimientos y lenguajes previamente reservados a los adultos, así como la sexualización en los medios, y pronto se hace evidente el diagnóstico crítico del concepto de infancia. En nombre de la infancia, no del niño, la sociedad ha estado interfiriendo en la sexualidad juvenil. Hace de esta sexualidad un problema y es por su insistencia en la sexualidad como un problema que nuestra sociedad es incapaz de ofrecer una buena solución (Bernard, 1985, capítulo II).
La infancia lleva mucho tiempo en crisis, pero ahora lo tiene claro cualquiera: los niños rechazan la asexualidad delante de sus padres. Hoy en día, los niños tienen derecho a participar políticamente (más en algunos países que en otros) y rechazan el papel pasivo que se les asigna. Muchos incluso se comportan con sorprendente autonomía y son escuchados directamente por algunos gobiernos (Robinson, 2013, páginas 38-39). Esto no sucedió antes. Este fenómeno pone en duda las anticuadas teorías del desarrollo que tratan a los jóvenes como totalmente incompetentes y dependientes. No es que tales teorías no hayan sido cuestionadas anteriormente por la antropología, que examina sociedades diferentes a la nuestra, como las indígenas, donde los niños tienen una autonomía y una responsabilidad que nuestros hijos no disfrutan, pero ahora no podemos ignorar que sucede lo mismo en la sociedad capitalista cristiana occidental.
La situación se perpetuará si no cambiamos el concepto de infancia para reflejar a los niños reales, que se adaptan a los nuevos tiempos más rápido que los adultos, nuevos tiempos proporcionados por factores políticos (políticas de tolerancia sexual), sociales (disponibilidad de información y medios de comunicación) y económicos (cultura de consumo) (Robinson, 2013, páginas 9-10). Como los adultos no parecen capaces de afrontar esto, intentan mantener a los niños “como niños”, ralentizando deliberadamente su desarrollo en nombre de lo que se considera “apropiado para su edad”.
Los conceptos son estables, pero las personas materiales a las que se refiere el concepto están sujetas a cambios. El niño de hoy no es el niño de ayer, si “el niño” de ayer existió alguna vez: ¿fue tu juventud, lector, estereotipada? ¿Es este estereotipo universal? La reticencia a cambiar este concepto ha llevado a actos de censura (el ejemplo clásico es nuestra preocupación por el tipo de música que escucha la próxima generación, las leyes de verificación de edad y las preocupaciones sobre qué tipo de información debe ser accesible a los niños y a qué edad), de modo que el joven sigue siendo al menos ignorante y “puro”, pero, ya sea por curiosidad o por presión de sus propias “hormonas”, el joven quiere este conocimiento y esta experiencia, quiere ensuciarse (Robinson, 2013, pág. 10). Se puede imaginar que este problema es aún mayor en adolescentes o niños en quienes la pubertad ha llegado muy temprano. Es como si tuviéramos que defender el concepto de juventud de los ataques lanzados por niños concretos.
BERNARD, F. Paedophilia: a factual report. Rotterdam: Enclave, 1985.
CAMPBELL, C. ; MALLAPPA, A. ; WISNIEWSKI, A. B. ; SILOVSKY, J. F. Sexual behavior of prepubertal children. In: BROMBERG, D. S. ; O’DONOHUE, W. T. (editors). Handbook of Child and Adolescent Sexuality: developmental and forensic psychology. Oxford: Elsevier, 2013. Pages 145 a 170.
FONTENBERRY, J. D. Sexual development in adolescents. In: BROMBERG, D. S. ; O’DONOHUE, W. T. (editores). Handbook of Child and Adolescent Sexuality: developmental and forensic psychology. Oxford: Elsevier, 2013. Pages 171 a 192.
RENOLD, E. Girls, boys and junior sexualities: exploring children’s gender and sexual relations in the primary school. New York: Routledge, 2005.
ROBINSON, K. H. Innocence, knowledge and the construction of childhood: the contradictory nature of sexuality and censorship in children’s contemporary lives. New York: Routledge, 2013.